Hace poco escuchaba a mi suegra decir que el amor de una madre, en cierta medida, se parece al amor que Dios tiene por nosotros: es sacrificial, profundo y capaz de entregarse sin reservas. Una mamá ama tanto que, muchas veces, termina olvidándose de sí misma.
Es muy fácil idealizar la maternidad y pensar que todo será como una película llena de momentos perfectos. Pero cuando la realidad supera la ficción, muchas veces nos encontramos frente a una pregunta difícil:
¿Será que no soy suficiente como mamá?
A mí también me pasó.
Antes de tener hijos, una se llena de expectativas y construye una imagen de la mamá que quiere llegar a ser. Sin darse cuenta, comienza a exigirse para alcanzar un ideal que, muchas veces, simplemente no existe.
Hoy quiero compartir contigo tres momentos en los que me sentí insuficiente y cómo Dios fue formando mi corazón a través de cada uno de ellos.
La comparación
Cuando nació mi hija mayor, Amy, una de las experiencias más difíciles para mí fue la lactancia.
Mis embarazos no fueron fáciles; tuve varias complicaciones físicas y eso hizo que el inicio de la maternidad fuera mucho más desafiante de lo que imaginaba.
Entonces caí en una trampa muy peligrosa: la comparación.
Comencé a mirar a otras mamás que parecían vivir la maternidad con tanta naturalidad. Se veían radiantes, felices y seguras, mientras yo me preguntaba por qué no me sentía igual.
En lugar de escuchar mi cuerpo, decidí exigirme más. Trabajé hasta el último momento. De hecho, el día antes del nacimiento de mi hija todavía estaba en la oficina, cerca de las diez de la noche.
Luego llegó el reto de la lactancia. Fue profundamente frustrante. Mientras escuchaba a otras mamás hablar de los beneficios de la leche materna y veía lo bien que todo parecía salirles, la culpa comenzó a llenar mi corazón. Pensaba que era una mala mamá por no poder hacerlo como ellas.
Intenté todas las técnicas que encontraba, especialmente las que veía en redes sociales, hasta que un día simplemente me rendí.
Con el tiempo entendí que muchas veces callamos aquello que más nos duele por miedo a sentirnos juzgadas. Nos sentimos insuficientes, nos exigimos demasiado y, sin darnos cuenta, empezamos a perdernos a nosotras mismas.
El agotamiento
Después llegó otro desafío: el cansancio.
Dormir se convirtió en un lujo. Cuando los bebés finalmente conciliaban el sueño, uno aprovecha para adelantar todo lo que está pendiente. Pero cuando despiertan, ya no quedan fuerzas para continuar. Era un ciclo que parecía no terminar.
Mi esposo llegaba de trabajar y yo ya no era la misma persona. Me sentía agotada y terminaba descargando sobre él todo mi cansancio, aunque él también había tenido un día difícil y siempre buscaba ayudarme. Hasta que un día hice una oración muy sencilla.
Le dije al Espíritu Santo:
"Estoy cansada. Necesito Tu ayuda."
Entonces vino a mi corazón este versículo:
"Cuando te acuestes, no tendrás temor; te acostarás y dormirás tranquilamente."
Proverbios 3:24
Fue como si Dios me dijera:
"Descansa."
Ese día tomé una decisión que cambió mi maternidad.
Cuando mis hijos dormían, yo también dormía. La casa podía esperar, los pendientes, podían esperar. Mi descanso no. Después organizaba las demás tareas mientras ellos estaban despiertos.
También entendí que mi esposo no era mi enemigo, sino mi mejor aliado. Empecé a compartir con él mis frustraciones y dejamos de cargar solos aquello que Dios quería que enfrentamos juntos.
La culpa
Con el paso de los años llegan nuevos retos: el colegio, las amistades y las decisiones.
Mientras nuestros hijos crecen, nosotras también seguimos aprendiendo. Y, por supuesto, cometemos errores.
Entonces vuelve esa voz que susurra:
"No lo hiciste bien."
"Debiste haber actuado diferente."
"No eres suficiente."
Pero Dios comenzó a enseñarme algo muy importante. Criar con amor también significa tener gracia para uno mismo.
Somos muy buenas siendo compasivas con los demás, pero ¿cuándo fue la última vez que fuiste compasiva contigo?
Date permiso para crecer.
Date permiso para aprender.
Date permiso para equivocarte y volver a empezar.
Cada hijo es diferente y necesita una mamá que aprenda a conocer su corazón.
La mamá perfecta no existe. Existe la mamá que Dios escogió para ellos.
La que los ama.
La que los escucha.
La que los guía.
La que los protege.
Y esa mamá... eres tú.
Así que también celebra las cosas que has hecho bien.
Una mamá también está en formación
Permite que tus hijos te conozcan de verdad. Que sepan que también te equivocas. Que puedan verte pedir perdón. Que estás aprendiendo.
Eso no disminuye tu autoridad; al contrario, les enseña que tú también estás en las manos del Alfarero, siendo transformada día tras día.
Y, por encima de todas tus responsabilidades, cuida tu relación con Dios. Tus hijos no necesitan una mamá que haga todo perfectamente. Necesitan una mamá que busque primero al Señor.
Una mamá que encuentre en Él descanso cuando esté cansada, sabiduría cuando no sepa qué hacer y fuerzas cuando crea que ya no puede más.
Ellos necesitan ver un testimonio real de amor y fidelidad hacia Dios dentro de su hogar.
Mantén tu corazón cerca del Señor.
Él renovará tus fuerzas y te dará la claridad para amar a cada uno de tus hijos de la manera en que ellos lo necesitan.
Porque al final entendí una gran verdad:
"Tus hijos no necesitan una madre perfecta; necesitan una mamá que siempre pueda volver a los brazos de su Padre celestial para encontrar nuevas fuerzas."
"Sus hijos se levantan y la llaman bienaventurada; su marido también la alaba."
Proverbios 31:28
Sobre la autora
Ivonne Sandoval es ingeniera industrial y especialista en Planeación. Junto con su esposo sirve como pastora en MCI Bogotá. Es mamá de Am, y de Aarón. Disfruta acompañar a las familias para que conozcan y vivan los principios de la Palabra de Dios.