¿Cómo se sobrevive a perder un hijo que ni siquiera pudiste cargar en brazos? ¿Y si no
es uno, sino tres? ¿Qué pasa con la fe cuando lo que sueñas con todo tu corazón parece
inalcanzable?
Esta no es solo una historia de pérdida. Es una historia de fe, de consuelo, de promesas
cumplidas. Es la historia de una madre que decidió seguir creyendo, incluso con el
corazón hecho pedazos.
El inicio de nuestro sueño
Mi esposo y yo nos casamos en 2011 con la ilusión de formar una familia y servirle a Dios
juntos. Siempre tuvimos en el corazón el deseo de levantar una generación para Él. A los
dos años de casados, nos mudamos a Estados Unidos. Al principio fue difícil, pero poco a
poco Dios nos fue dando estabilidad. Teníamos nuestro apartamento y sentíamos que el
Señor estaba poniendo todo en su lugar.
Un día, sin esperarlo, recibí la noticia de que estaba embarazada. Le di la sorpresa a mi
esposo en una clínica; grabamos el momento. Él saltaba de alegría, reía… estábamos
felices. Había tanto gozo, tanta expectativa.
A las ocho semanas, fuimos al primer ultrasonido. No nos dejaron entrar. El doctor pidió
hablar con nosotros en privado. La sala, antes llena de esperanza, se llenó de silencio.
Nos dijeron que no había latido. Dos días después, comencé a sangrar. Estaba sola en
casa. Me acosté en la cama y le pedí al Señor que me acompañara. Fue en ese momento
cuando sentí Su presencia como nunca antes. Era como si estuviera sentado junto a mi
cama.
Lloramos con mi esposo como nunca antes. Fui al hospital; confirmaron que todo había
pasado. Me dijeron que solo debía esperar y recuperarme.
Unos días después, vi al Pastor César en la iglesia. Lo saludé con una sonrisa débil:
‘Hola Pastor, ¿cómo estás?’
Él me miró y me dijo: ‘Tu mirada no es la misma. Tu sonrisa no es la misma.’
Le respondí que aún me sentía mal por la pérdida. Él me interrumpió y me dijo:
‘La tristeza es un espíritu. Habla en primera persona. Te hace decir: “Dios se olvidó de
mí”, “¿por qué a mí?”. Ese espíritu te lleva a compararte, a dudar de tu identidad. Hoy
tienes que echarlo fuera.’
En ese momento oró por mí y fui libre. Lloré, pero fue un llanto de liberación. Desde ese
día supe que estar en la iglesia y bajo la cobertura correcta era parte de mi sanidad.
La segunda pérdida y la promesa
Pasaron los meses. Seguimos sirviendo al Señor, liderando nuestra célula, buscando Su
presencia. Un día, recibimos una nueva esperanza: un segundo embarazo. Esta vez
también teníamos unas ocho semanas cuando comenzaron los síntomas. Era enero 17 de
2016. Otra vez sangrado, otra vez hospital. Otra vez el corazón roto.
Esa noche, entre lágrimas, le hice una oración diferente a Dios:
‘¿Será que no voy a ser mamá? ¿Quieres que adopte? Háblame, Señor.’
Estaba haciendo un plan de lectura bíblica, y ese día me tocaba leer Génesis 38. Al llegar
a los versículos 3 al 5, algo me sacudió. Leí:
‘Ella quedó embarazada y tuvo un hijo; Judá le puso por nombre Er. Tiempo después, la
esposa de Judá tuvo dos hijos más…’
En ese instante sentí que Dios me hablaba:
‘Tendrás tres hijos.’
Rompí en llanto. Me arrodillé y le agradecí. Le dije:
‘Gracias por contestarme. Te entrego mi luto. Te entrego mi hijo como una ofrenda. Sé
que tenía un propósito: acercarme más a Ti.’
La tercera pérdida: con el corazón en paz
Tiempo después, volví a quedar embarazada. Ya habían pasado más de 30 días y sentía
los síntomas. Pero entre los días 40 y 45 comencé a sangrar. Esta vez no fui al hospital.
Sabía lo que estaba ocurriendo. Fue otra pérdida.
Sin embargo, esta vez mi corazón era otro. Le dije al Señor:
‘Seguimos orando. Seguimos esperando. Ya me diste una promesa.’
Y me preparé para lo que venía. No había enojo, solo una fe serena. Comenzamos el
proceso para un tratamiento de fertilidad (IVF).
La restauración de una fecha
Pero Dios ya lo había hecho. Cuando me estaban preparando para iniciar el tratamiento,
el milagro ya estaba dentro de mí: ¡estaba embarazada!
Este embarazo fue distinto. Todas las pruebas salían bien. El corazón del bebé latía
fuerte. Y en medio de una lectura bíblica, el nombre apareció: Isaac, que significa risa.
Recordé la historia de Sara y sentí que esa palabra era para mí:
‘Dios me ha hecho reír, y todos los que lo oigan se reirán conmigo.’
Pero lo más impactante fue lo que descubrí después. Cuando encontré la carta que le
había escrito a Dios en 2016, noté algo que me hizo llorar de nuevo, pero esta vez de
asombro: Isaac nació exactamente el 17 de enero de 2018, el mismo día que había
perdido a mi segundo bebé, dos años antes.
¡Dios restauró la fecha! Él convirtió una fecha de luto en una fecha de gozo. No solo me
devolvió la vida, me devolvió la alegría. Me devolvió la risa.
Isaac: el gozo hecho carne
El día del parto fue sobrenatural. No teníamos familia en el país, pero Dios no nos dejó
solos. La hija de nuestros pastores, Sara, también dio a luz el mismo día, en el mismo
hospital, con la misma enfermera. Nuestros hijos nacieron bajo la misma cobertura
espiritual. Fue como si el cielo entero nos abrazara.
Incluso yo tenía una amenaza de piedras en los riñones y se consideraba operarme
después del parto. Pero el Pastor César oró y Dios sanó. No hubo operación.
Isaac nació sano. Y desde el momento en que lo vi, no pude llorar. Solo reía. Era el gozo
del Señor manifestado en carne. Dios había sido fiel.
Hoy, Isaac tiene 7 años. Es dulce, se ríe de todo, ama tocar la batería, ha cantado en el
coro de su colegio y ha sido alumno destacado en todos sus años escolares. Está por
entrar a segundo grado. Él es, literalmente, mi risa hecha promesa.
¿Has vivido una pérdida similar?
Tal vez tú también has perdido un bebé. Quizá tu vientre está vacío, pero tu corazón está
lleno de preguntas. Quiero decirte: no estás sola. Dios ve tus lágrimas. Él no se ha
olvidado de ti. Lo que hoy duele, mañana puede ser motivo de risa.
¿Te ha pasado algo parecido? Cuéntamelo en los comentarios o escríbeme en privado.
Me encantaría orar por ti.
“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.” – Salmo 126:5
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Laura Suárez de Justiniani es una mujer de fe, esposa, madre y pastora de MCC
Jacksonville. Desde 2001 camina en una relación cercana con Dios, que ha sido el
fundamento de su vida. Profesional en Administración de Empresas, integra su formación
con su llamado espiritual, liderando con amor, sensibilidad y propósito, inspirando a otros
a crecer, sanar y vivir el plan de Dios.