Un sueño anhelado: nuestra historia de fe y esperanza

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Nací en Guamal, un hermoso pueblo del departamento del Magdalena. A los 17 años llegué a Bogotá con muchos sueños y el deseo de construir un nuevo futuro.

Mi primera experiencia laboral fue en una fundación cristiana. Sin imaginarlo, aquel lugar se convertiría en el escenario donde viviría el encuentro que transformó para siempre mi historia: allí comencé a conocer verdaderamente a Dios.

En julio de 1997 asistí a una reunión de jóvenes en el Coliseo El Campín. Desde el momento en que entré, quedé impactada al ver a tantos jóvenes felices y apasionados por Dios. Había en ellos una alegría diferente, una esperanza que despertó algo profundo en mi corazón.

Aquel día marcó un antes y un después en mi vida. Decidí seguir a Jesús y nunca volví atrás. Comencé a recorrer cada etapa de la Escalera de la Visión, sin imaginar que Dios ya estaba preparando una historia de amor, fe y familia muy diferente a todo lo que alguna vez había soñado.

El comienzo de nuestra historia

En el año 2002 conocí a Carlitos durante una actividad de jóvenes en el Parque Nacional, en Bogotá. Ese día, casi sin darnos cuenta, comenzó una hermosa amistad que con el tiempo se convirtió en amor.

Me habían asignado la tarea de supervisar los juegos, pero terminé jugando con Carlos. Fue así como comenzó una hermosa amistad que, con el paso del tiempo, se convirtió en amor.

Nos casamos el 7 de diciembre de 2003. Llegamos al matrimonio con muchos sueños y con el anhelo de formar una familia. Incluso habíamos imaginado que tendríamos dos hijos y que se llamarían Isaac y Manuela.

Sin embargo, después de tres años de matrimonio, el bebé que tanto esperábamos no llegaba.

Cuando la espera comenzó a prolongarse

Decidimos realizar diferentes chequeos médicos para conocer qué estaba sucediendo. Durante los exámenes me encontraron unos miomas en el cuello del útero. Fui operada y, gracias a Dios, todo salió bien; pero, aun después de la cirugía, el embarazo no se daba.

Los estudios médicos de mi esposo también mostraron dificultades relacionadas con su fertilidad. Iniciamos tratamientos y seguimos cada recomendación médica con la esperanza de recibir buenas noticias.

Después de un tiempo, el doctor nos sugirió intentar una inseminación artificial. Comenzamos el proceso de estimulación ovárica, pero el tratamiento no tuvo el resultado esperado, pues mi reserva ovárica se estaba agotando.

Cada intento representaba una nueva ilusión, pero también una nueva prueba para nuestra fe y nuestro corazón.

Posteriormente, consideramos la posibilidad de realizar una fertilización in vitro. Durante una de las consultas, el médico me dijo:

—Tranquila, Rubis, de que quedas embarazada, quedas.

Aunque sus palabras buscaban darme seguridad, en mi interior sentí que perdía la paz.

Al conocer más detalles sobre el procedimiento y saber que podían utilizarse bancos de óvulos y espermatozoides, decidí detenerme para orar y buscar la dirección de Dios. No quería tomar una decisión guiada únicamente por mi deseo de ser mamá; necesitaba saber cuál era el camino que Él tenía para nuestra familia.

En medio de esa búsqueda, Dios habló a mi corazón por medio de 2 Tesalonicenses 3:16:

«Que el Señor de paz les conceda su paz siempre y en todas las circunstancias. El Señor sea con todos ustedes».

A través de esa palabra comprendí que aquel no era el camino que Dios tenía para nosotros. Se lo compartí a mi esposo y él comprendió lo que había en mi corazón.

No estábamos renunciando a nuestro sueño de ser padres. Estábamos decidiendo confiar en que Dios podía cumplirlo de una manera diferente a la que habíamos imaginado.

Una posibilidad que no había contemplado

Fue entonces cuando comenzó a surgir la posibilidad de adoptar.

Los pastores César y Ema Claudia ya habían adoptado a Matías y, dentro de la iglesia, empezamos a escuchar más acerca de la adopción. Carlos estaba dispuesto a iniciar el proceso, pero yo todavía me resistía.

En mi corazón continuaba esperando que Dios respondiera de la manera en que yo había imaginado. Creía que aceptar la adopción significaba dejar de creer en la promesa, sin comprender todavía que quizás Dios quería cumplir nuestro sueño de una forma distinta.

Los años continuaron pasando y el bebé no llegaba.

En una ocasión, la pastora Janeth habló conmigo y me llevó a reflexionar sobre nuestro futuro como matrimonio. Sus palabras tocaron profundamente mi corazón. Comprendí que no quería permitir que el temor, la frustración o mis propias expectativas nos impidieran formar la familia que tanto anhelábamos.

Entonces tomé una decisión y le dije a Carlos:

—Adoptemos.

Pronunciar aquella palabra no fue simplemente aceptar una alternativa. Fue abrir mi corazón a una posibilidad que durante mucho tiempo no había querido contemplar.

La fe que necesitábamos

Tuvimos la oportunidad de reunirnos con el pastor César Castellanos. Llegamos a aquel encuentro con muchas expectativas, esperando recibir consejos, orientación y respuestas para las numerosas preguntas que teníamos sobre el proceso que estábamos a punto de comenzar.

El pastor se acercó a nosotros y oró:

—Señor, dales la fe que necesitan para atravesar este proceso. En el nombre de Jesús, amén.

Después nos dio un beso en la frente y se despidió.

Mi esposo y yo quedamos sorprendidos. Habíamos imaginado una conversación extensa, pero recibimos una oración breve y sencilla.

Con el tiempo entendimos que no necesitábamos tener todas las respuestas ni conocer cada detalle de lo que vendría. Lo que verdaderamente necesitábamos era fe: fe para dar el primer paso, fe para enfrentar el proceso y fe para creer que Dios también podía construir nuestra familia a través de la adopción.

Aquella oración marcó el comienzo de una nueva etapa. Por primera vez, estuvimos dispuestos a soltar la manera en que habíamos imaginado nuestro sueño y abrir el corazón al milagro que Dios había preparado para nosotros.

Nuestra historia apenas comenzaba.

Continuará…

Sobre la autora

Rubis Cantillo es pastora de la Misión Carismática Internacional, esposa, docente y mamá por adopción. Es una mujer apasionada por Dios, comprometida con servir a las familias y compartir un mensaje de fe, esperanza y propósito.